Luciano: entre el exotismo y la insania
Cuando en 2007 se conoció la noticia, alguien que lo habÃa sufrido de cerca vaticinó que su paso por el Tribunal Supremo no se harÃa sin que su peculiar interpretación de la justicia pasase inadvertida… Pertenece a un gremio en donde el corporativismo y la permisividad han sido durante años el escudo que ha facilitado a algunos jugar a ser semidioses, al tiempo que convertÃan la justicia en una especie de bien supremo que sólo ellos tenÃan el derecho de administrar y repartir. Es posiblemente la única profesión en dónde una persona cuya trabajo (resoluciones) se ha demostrado en múltiples ocasiones errado o equivocado por sus superiores (instancia superior de justicia) acaba recibiendo como premio pertenecer a esa misma instancia que años atrás señalaba estos errores. En una empresa, su recorrido hubiese finalizado en la máquina de hacer fotocopias…
Existen integristas del Aranzadi que consideran que la justicia es una ciencia exacta, con lÃmites perfectamente dibujados, en dónde unos pocos agraciados (por suerte no es el perfil más habitual dentro de la judicatura) están en posesión de la verdad absoluta y en dónde lo único que se debe tener en cuenta a la hora de impartir justicia son las frÃas leyes, sin importar el contexto o la realidad particular de cada caso. Si esto fuese asÃ, no existirÃan jueces, sino ordenadores con toga que con logaritmos más o menos complejos escupirÃan sentencias basándose en sus bases de datos y programas previamente establecidos…
Su carrera judicial de más de veinte años en Pontevedra se caracterizó por exóticas sentencias. Sus resoluciones parecÃan basarse en el desconcierto, pues eso era lo que generaba en un entorno sorprendido por sus actuaciones, como la de ejercer de Robin Hood defensor de los delincuentes acosados por un supuesto estado policial. En Madrid ha seguido haciendo lo que mejor sabe, como lo demuestran las resoluciones en las que ha participado desde su llegada al Tribunal Supremo: emitió votos particulares en la del caso del violador de Vall d’Hebron, en el de la envenenadora de Socuéllamos o en el del caso Atutxa. Y en todos ellos resolviendo de forma diferente a como lo hacÃan la mayorÃa de sus compañeros… Y es que para demostrar que se es justo hay que sembrar el desconcierto. Tus dictámenes no deben parecer que responden a ningún patrón… Y el último que le restaba, el que debÃa mostrar que su justicia estaba por encima de toda duda, ese era el patrón ideológico.
Tuvo la oportunidad de aplicar esa justicia que tanto anhela cuando fue encargado de investigar el patrocinio aparentemente irregular por parte del Banco Santander de los cursos que Garzón impartió en los Estados Unidos. Pero no, eso era demasiado obvio y sobre todo no le permitirÃa alcanzar el karma supremo de justicia que buscaba. Pero cuando la oportunidad le llegó de nuevo y esta vez venÃa de la mano de asociaciones que representaban lo contrario a lo que su carrera de juez progresista habÃa dibujado (Manos limpias, Falange…), se dijo a sà mismo que ésta era la suya. Finalmente podrÃa demostrar a todo el mundo que su justicia era imparcial, incluso si sus compañeros de Jueces para la Democracia, AmnistÃa Internacional, los cÃrculos intelectuales del paÃs, o juristas internacionales de reconocido prestigio no lo podÃan entender, al final si lo harÃan… La imparcialidad de la justicia debÃa estar por encima de todo, y como si de Abraham antes de sacrificar a su hijo se tratase, en el último momento el Dios de la razón iluminarÃa a todo el mundo sobre la infinita ecuanimidad de la justicia que estaba a punto de impartir…
El problema es que esta vez no es seguro que alguien interceda y no acabe él mismo sacrificado por su propia soberbia…









Entre la Luz y el Ano, éste optó por lo segundo.
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